¿Volverán las empresas que se han ido?

MARTÍNEZ TOVAR, PROCURADOR (3) - copia

EXPANSIÓN

La pregunta no se refiere, por supuesto, a las golondrinas. Aunque, si el cambio climático sigue avanzando como lo está haciendo podría ocurrir, como ya sucede con las cigüeñas, que ni siquiera se siguen yendo en busca de climas más agradables. De hecho, las golondrinas están viniendo ya a España 30 días antes que en el pasado.

Lo que nos queremos preguntar -y tratar de responder- es si las empresas que desplazaron su sede principal en Cataluña a otras Comunidades Autónomas volverán o no a su anterior localización. El pasado lunes, 31, el Ministro Luis de Guindos sugirió que la nueva situación creada por la aplicación del artículo 155 y la celebración de elecciones autonómicas hará que la mayoría regresen a Cataluña. Creo, sin embargo, que hay razones para pensar que esta supuesta ‘operación diábolo’ no está muy clara.

Del engaño de los independentistas a la realidad

Cuando escribo este artículo son ya 1.982 las empresas que han cambiado o están tramitando el cambio de su domicilio social y es más que probable que el goteo que iniciaron La Caixa y el Sabadell supere las 2.000 empresas en los próximos días, varias de ellas en el Ibex 35 o de gran dimensión.

Junto con otras muchas promesas de imposible y alocado cumplimiento (ver artículo en EXPANSIÓN el 11 de octubre), los independentistas negaron siempre que esto pudiese llegar a ocurrir. Artur Mas, en una intervención pública ampliamente difundida en TV, sostuvo impertérrito que “no sólo los bancos no se irán nunca de una Cataluña independiente, sino que vendrán muchos más, atraídos por la nueva y fantástica situación de prosperidad que lograremos”. Por su parte, el conocido economista Xavier Sala i Martín, que cuenta con varias aportaciones académicas relevantes, mantenía también -con enorme perspicacia- que, si conseguimos la independencia, la posible salida de empresas será “un ‘bluff’ que nunca se producirá”. Y Oriol Junqueras, exvicepresidente de la Generalitat, cuando eran ya más de 1.000 las empresas que habían decidido desplazar su sede fuera de Cataluña, afirmó que dicha cifra era poco menos que “ridícula frente a las más de 200.000 empresas con que cuenta nuestro país”. Según parece, el también conseller de Economía y Hacienda, ponía al mismo nivel La Caixa, Agbar (Aguas de Barcelona), Codorniu, Allianz, Gas Natural Fenosa, Abertis, Bimbo o Colonial, por citar sólo algunos ejemplos, con los talleres de reparaciones, las tiendas de ultramarinos o las pequeñas empresas de transportes ubicados en Vic, Manresa o en cualquier otra población catalana. Según su biografía, el señor Junqueras es historiador, pero no parece necesario ser economista para comprender su falacia. Simplemente habría que recordarle que el volumen de actividad de las empresas que han trasladado su sede a Alicante, Palma, Zaragoza, Málaga, La Rioja o Madrid, representa más del 30 por 100 del PIB catalán y que, si su desplazamiento se consolida, pagarán allí una parte de sus impuestos y allí crearán también puestos de trabajo como consecuencia de la propia dinámica de sus nuevas sedes.

Las razones de los cambios de sede

Como señalé en el artículo antes citado, los motivos que han impulsado el desplazamiento de las sedes de numerosas empresas fuera de Cataluña son distintos en función de su propia actividad principal. Hay, sin embargo, un denominador común: el principal objetivo “es garantizar que su actividad pueda seguir desarrollándose con normalidad, en un marco estable y en un entorno de seguridad jurídica y económica”. La inseguridad, la incertidumbre cara al futuro, aparecen citadas en todas las declaraciones.

La Caixa, Sabadell y algunas otras entidades financieras querían y quieren, además de proteger a su clientela, no quedarse fuera de la UE ni, menos todavía, del paraguas del BCE. Formar parte de la eurozona supone contar con un marco financiero y monetario que asegura su funcionamiento, acceder a una liquidez que necesitan para operar con tranquilidad y recibir ayuda en casos extremos. Todo ello sin contar con el riesgo (ya manifestado) de que sus clientes -grandes o pequeños- moviesen sus cuentas a otras entidades. ¿Por cobardía? No, por racionalidad.

En el caso de las empresas industriales y de servicios que han movido su sede, la decisión ha sido también ‘racional’. Para seguir operando en los mercados internacionales, para acceder a financiación exterior y para no alarmar a los fondos de inversión y accionistas extranjeros tienen que continuar en la UE y no quedarse fuera de ella, en un contexto de inquietud e inseguridad jurídica como la que presentaba el independentismo. Y todo ello junto a posibles nuevos riesgos, falta de confianza y una fiscalidad incierta.

Como he manifestado en otras ocasiones: la economía real es tozuda. Puede tardar, pero acaba imponiéndose al engaño y el voluntarismo político.

Pero… ¿volverán o… no volverán?

La respuesta no es fácil. Pero hay dos factores que jugarán un papel decisivo para un posible regreso de las empresas. El primero es que, con acierto por parte del Gobierno, la aplicación del 155 tiene un límite corto: las elecciones a cincuenta días vista. El segundo, mucho más importante, que dichas elecciones acaben ofreciendo como resultado una mayoría favorable a los partidos constitucionalistas y que éstos sean capaces de ponerse de acuerdo para formar un gobierno que realmente se ocupe de los problemas diarios de la ciudadanía.

Pero existen riesgos. El primero, que hasta ahora no cabe descartar todavía que las calles se conviertan en el escenario de las discrepancias políticas. El segundo, que los partidos independentistas logren una mayoría, por exigua que sea, en el nuevo Parlament de Cataluña. Quizás no ocurra, porque lo que ha sucedido en las últimas semanas ha mostrado los engaños en que se basaba el fervor independentista y las dudas y debilidades de sus dirigentes o supuestos líderes.

Desde la perspectiva estrictamente económica hay motivos para dudar de que muchas empresas que cambiaron su sede vuelvan a las que antes tenían. Incluso si se produce una cierta pacificación política, que no ocultará la fuerte división que existe en Cataluña. Hay ejemplos internacionales que lo prueban: muchas de las empresas que cambiaron su sede nunca más regresaron. Por desconfianza y porque la propia dinámica interna de las empresas no suele conducir a decisiones frívolas. No fue la frivolidad la que les animó a irse. Y una vez que lo hicieron, la realidad puede conducir a que se asienten con suficiente comodidad y ventajas en su nueva sede.

Juan R. Cuadrado Roura, catedrático de Economía Aplicada. UAH-UCJC.

 

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